Amigos, ladrones y vecinos

Por una sociedad insurgente

Aprovechando la venida de Persona 5 Royal a Game Pass reflexionamos sobre uno de los temas centrales del conjunto y cómo contrasta su presentación con los fallidos intentos del título preparatorio.

Es posible ver el huella del colectivismo en la ficción japonesa. Aquí no es solo que escaseen las historias de héroes individuales —hombres hechos a sí mismos— sino que aquellas pocas que se atreven a tener fe en el poder del ciudadano particular se cuidan mucho de no convertirlo en un insurgente: de no hacer de la sociedad y sus sistemas un enemigo a rivalizar gracias a la creación de un inculto opuesto a esta que funciona en contexto como la verdadera nota discordante (este tropo se ve muy claramente en los dramas criminales y, específicamente, en obras como Psycho Pass). Precisamente por esto, porque el colectivismo es, en Japón, el salero imperceptible que envuelve estos relatos, cuando un creador no coincide en esta visión del mundo sus historias se convierten siempre en una examen, una crítica violenta al poder del colección, que clasifica de opresión el conformismo necesario para funcionar en este tipo de sociedad. Este es el caso de Haruki Murakami, uno de los escritores japoneses más celebrados internacionalmente que, de forma paradójica, se muestra entusiasmado con los títulos individualistas occidentales. En la mayoría de sus novelas, pero especialmente en IQ84, Murakami explora la frontera entre lo individual y lo colectivo en la memoria, reflejando la claustrofóbica experiencia del sometimiento alrededor de lo grupal. Más delante, en su entrenamiento Lo que hablo cuando hablo de valer, el autor detalló sus penosos esfuerzos por diferenciarse, por ser exactamente como él quiere ser en un país empachado de homogéneos salarymen. Sin secuestro, asimismo admite que al mudarse durante un desprendido periodo de tiempo a Estados Unidos (el país de sus sueños) empezó a entender la cara más dañina del individualismo y lo dificil de encontrar poco controlado entre ambas filosofías. Este mismo problema lo ha afrontado múltiples veces la clan Persona que, hundiendo sus cimientos en la teoría jungiana del «inconsciente colectivo», debe reñir con unos personajes que se encuentran a sí mismos tanto de forma textual como metafórica. La mezcla no sale siempre acertadamente. Sin secuestro, hay que acoger que sus temas marinan cada vez mejor, encontrándose con sonados aciertos su última entrega.

A diferencia de la mayoría de JRPGs que se apoyan sin consideración en el tropo del predilecto para subrayar el importante papel del tahúr, Persona 5 nos presenta a un enorme repertorio de personajes en el que cualquiera podría ser el protagonista. Ryuji, por ejemplo, es un pequeño idealista que tras producirse abriles luchando contra las injusticias cometidas contra él y sus compañeros del equipo de atletismo, conoce a un muchacho con el que consigue desbloquear el poder y la confianza necesarias para afanar su imagen y ayudar, por fin, a todos los que lo necesitan. Ann, por su parte, es una inexperto que tras comprobar cómo los sistemas de opresión machistas casi acaban con la vida de su mejor amiga, entiende la guisa en la que esa discriminación se aplica a ella misma y decide combatirla con su nueva fuerza interior. A pesar de que durante el conjunto controlamos a Ren, es evidente que cada uno de los Ladrones sombra es indispensable no solo en el devenir de la historia sino a la hora de apuntalar los temas del conjunto y sus diferentes matices. Porque aunque la clan en términos generales proxenetismo (en parte) la idea de aceptarnos a nosotros mismos frente a la adversidad —encontrar, por decirlo de otra forma, la valentía para ser auténticos—, las diferentes entregas presentan gradaciones tonales basadas en los arcos individuales de los diferentes personajes. Y es aquí donde Persona 5, y en singular Persona 5 Royal, brillan en su representación del concepto japonés de sociedad.

El anciano problema de Persona 4 son sus constantes contradicciones a la hora de escribir el curva narrativo de sus distintos personajes. El título, que representa el inconsciente colectivo jungiano en un «mundo TV» en donde los secretos más oscuros de los protagonistas amenazan con salir a la luz, cuenta con un colección de personajes principales que deben reconciliarse con ideas que intentaban negarse a sí mismos. Yukiko Amagi, por ejemplo, es una chica tranquila y obediente que, agobiada por la idea de tener que heredar la posada tradicional de sus padres, lucha contra su deseo de escapar de sus expectativas. Pero una vez acepta que existen estos sentimientos, la trama nunca se atreve a ir más allá. No lo hace en el caso de Yukiko, ni en el de Chie y ni siquiera en el de Kanji y Naoto. En Persona 4 los personajes esconden una serie de inquietudes que los distancian y señalan en una sociedad colectivista. El conjunto les permite acoger que estos deseos existen y, en sí mismos, son totalmente válidos, pero nunca los anima a perseguirlos porque eso sería llevar a cabo «de forma egoísta» contra los deseos y la norma de la sociedad. Y teniendo en cuenta que algunos de los secretos que explora el título se relacionan con la sexualidad y la identidad de tipo de varios personajes, Persona 4 resulta un conjunto, que más que tradicional, es absolutamente conservador. Un título que, como señalaba Murakami, apunta al opresor conformismo como un ingrediente fundamental de la avenencia, que mantiene el bienestar por encima del caos. Como obra colectivista, esta cuarta entrega usa en su incremento el anticuado truco del mal anciano introduciendo a un perverso con ideas totalmente individualistas cuya derrota «justifica» dejar de banda nuestra recién descubierta identidad. «¿Por qué escoger la efectividad cuando puedes tener un mundo propio?», comenta este inculto en su monólogo final, «esa es la comicios que tenemos que hacer… Ya sabes, todos preferimos una vida posible». Persona 4 se escuda en el todo o carencia: en aceptar la sociedad y todas sus opresiones o destruirla hasta los cimientos por motivos puramente egoístas; una falsa dicotomía de niño de la que sus protagonistas nunca logran escapar.

Pero en Persona 5 la rebeldía no es solo estética. Uno de los cambios más importantes que plantea el título con respecto a la entrega preparatorio pasa por presentar el inconsciente colectivo de deseos distorsionados, ya habitual en la clan, como un universo creado por las personas con un corazón corrupto. Así, el curva de los protagonistas no pasa por combatir contra una apariencia escondida de su propio personalidad que no encaja en la sociedad sino contra extensiones retorcidas de problemáticas que surgen de esta. Los diferentes palacios que invaden los Ladrones sombra a lo desprendido de su aventura se construyen a partir de temas como el sexismo, el demasía contra los débiles, la soledad o la egomanía, por lo que las acciones de los protagonistas tienen como objetivo zanjar con estas situaciones en el mundo efectivo. A diferencia de Persona 4, esta entrega entiende que la sociedad tiene problemas serios y que es importante cambiarla con el objetivo de que todos podamos ser más felices. Sin secuestro, este cambio, como ejemplifica en primer momento la historia de Ren, no pasa por aislarnos y pensar solo en nosotros mismos sino por unirnos con fuerza para meternos «en los problemas de la sociedad». Mientras que los protagonistas de la entrega preparatorio eran «investigadores» con cierto contacto con la policía, aquí son «ladrones» perseguidos que actúan al ganancia de esta. Y para aumentar la idea de que los propios miembros de la sociedad, en conjunto, son los responsables últimos de cambiarla, el conjunto introduce la opinión pública a través de un foro de internet que se pronuncia constantemente sobre las acciones de los ladrones y sus últimos objetivos. 

¡Aviso! el próximo párrafo contiene spoilers del final de Persona 5 y Persona 5 Royal.

Dada la intención del conjunto por pelar el conformismo japonés, no es de asombrar que sea un colección formado por un delincuente vivaz, un escolar problemático, una hikikomori y una solitaria y excéntrica pupila rica, entre otros, los únicos encargados de combatir contra una fuerza cuyo objetivo final es esclavizar a la humanidad utilizando las imposiciones sociales; un fundición de ideas que aquí toma asimismo la forma de una conspiración en la que están envueltos todo tipo de figuras autoritarias: desde políticos a miembros de las fuerza de seguridad, pasando por los encargados de hacer imparcialidad. Pero los deseos de los protagonistas sí que hacen acto de presencia en Persona 5 Royal. A través del personaje de Takuto Maruki —jerarca final en esta lectura extendida del conjunto— podemos conocer los deseos más profundos de los diferentes personajes e, incluso, (en lo que se considera uno de los finales malos) nominar proceder en un mundo idílico en el que estos sueños, por arte de encanto, se han hecho efectividad. Es aquí cuando el conjunto se distancia asimismo de ese individualismo que tanto repelía a Murakami. Porque en Persona 5 el mundo consumado no es ese en el que se garantizan los deseos de unos pocos sino en aquel en el que trabajamos duro y hacemos sacrificios por proceder tanto en avenencia como en osadía.

Persona 5 y Persona 5 Royal consiguen dejar antes las contradicciones del título preparatorio sin perder de paisaje en ningún momento los temas que han hecho popular a la clan. En líneas generales, los desarrolladores de Persona Studio no sólo han ido profundizando en un lore que, en este caso, es heredado, sino que lo han ido reconciliando con las deyección de las historias adolescentes y las particularidades del coming-on-age, siempre atentos a modas, tendencias y consensos culturales. Persona 6 lo tiene francamente dificil para aventajar un título que parece la máxima expresión posible de sus ideas. La ruptura suena inasequible por mucho que el continuismo sea una opción arriesgada. Atlus no lo tiene carencia posible. La aventura de los Ladrones sombra es, a nivel temático, poco casi inasequible de mejorar.

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