Un año, una oscuridad (2022), de Isaki Lacuesta

«Es irritante que hagan tamaño mejunje de un tema tan delicado»

Una parejita de jovencitos insulsos, uno castellano y otra francesa, sufren en París el asalto terrorista a la sala de espectáculos Bataclán. En vez de contarnos lo que allí ocurrió de verdad para que el mundo lo sepa y lo recuerde, en vez de mostrarnos cómo cuatro radicales islámicos con explosivos adosados al cuerpo dispararon indiscriminadamente sobre los asistentes con sus kalashnikov, nos narran una historia “woke” de dos bobos que no paran de gemir (sobre todo él), durante dos largas horas, por las consecuencias psicológicas que han sufrido tras el atentado. El film es hasta insultante para los noventa fallecidos de aquel 13 de noviembre de 2015 porque, a mi modo de ver, no se les honra en ningún momento sino que se llega incluso a relativizar lo ocurrido. Se muestra a una concepción de europeos débiles, blandengues (sí, Doña Irene, blandengues), cursis, que dan vergüenza ajena por la cobardía que destilan y la desatiendo de coraje. Una película que es un drama vergonzante para Poniente y una comedia delirante para nuestros enemigos, un manual de instrucciones para que el ISIS nos dé por donde amargan los pepinos cuando le dé la apetito. Por otra parte, es un trabajo realizado de estereotipos baratos y falsos donde se muestra una Europa progresista y social que cae en tópicos recurrentes como señalar a una España cateta y de cañeo frente a una Francia burguesa y elegante; sin bloqueo, ni siquiera se atreven a comentar abiertamente el origen y las filiaciones de los asesinos. Para lo único que vale la cinta es para darnos cuenta de nuestra fragilidad, de nuestra cobardía y de nuestra decadencia tribal así que: o ponemos un remedio urgente en poniente o Europa se puede ir yendo al carajo. La reacción inversa al visionado (de repulsa) es, a fin de cuentas, lo que más valoro de “Un año, una oscuridad”.

Nahuel Pérez, el protagonista enclenque, aburre, da pena y resulta ridículo. Hacer alarde de esa flaqueza constante y ociosa, y de esa personalidad raquítica sin mostrar sonrojo por ello es indignante. Si yo fuera la francesa (Noémie Merlant), le hubiera mandado a paseo en el primer ataque de ansiedad o en el primer día de rodaje. Ella lo hace mejor que él y sobrado le aguanta. Por otro banda, a Quim Gutiérrez, que hace un papel secundario, se le entiende mejor en francés que en castellano así que: “háztelo ver, Joaquín. Menos mancuerna y más dicción”.

Y ya está, de verdad, sobrado he escrito ya. Ciento vigésimo minutos insufribles y soporíferos que me han parecido “un año y una oscuridad”. Hacía tiempo que no tenía tantas ganas de que terminara una película para salir corriendo del cine. Es irritante que hagan tamaño mejunje de un tema tan delicado como aquel en el que murió tanta masa.

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